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28 de marzo de 2011

"EL ULTIMO DE MIS VAQUEROS"

Personaje polémico y carismático a partes iguales, tachado de racista y machista, lo que nadie pone en duda es la calidad de Clint Eastwood como director. Y para demostrarlo, “Eastwood on Eastwood”, un completo recorrido por su vida y obra a través de 25 años de entrevistas.
El crítico y director de documentales Michael Henry Wilson ha recopilado, en un volumen de gran formato publicado por Cahiers du Cinema, dieciséis entrevistas realizadas entre 1984 y 2009 en las que abarca toda su producción como realizador, desde su primera película tras la cámara, “Play misty for me” (1971) hasta “Invictus” (2009).
Treinta largometrajes que reflejan la evolución de Eastwood como cineasta hacia una clásica solidez que hace de cada uno de sus trabajos un ejemplo de buen cine y con una serie de elementos comunes que hacen totalmente reconocibles cada una de sus obras, por las que ha ganado cuatro Óscar.
Uno de los más característicos es la luz, o más concreto, la mezcla de luz y oscuridad, el manejo de la atmósfera lumínica como parte integrante de la historia. Algo que hace a Wilson calificar a Eastwood, de 81 años, como “el príncipe del claroscuro”.Él ha sido el responsable de 21 de las bandas sonoras de sus películas, en las que ha demostrado una inquebrantable adoración al jazz, al que homenajeó a través de la figura de Charlie Parker en “Bird” (1988) y que incluso marca la estructura de sus películas.
“El jazz es un arte de espontaneidad. A veces el ritmo de una escena me viene como el ritmo de una pieza le llega a un jazzman que está improvisando sobre algún tema. Me ocurre cuando estoy en el set de rodaje y también en el montaje”, explica Eastwood en una de las entrevistas con Wilson.
Un ritmo muy alejado de las vertiginosas historias propias del Hollywood actual y del 3D.
“Aprecio las novedades tecnológicas que aportan esas películas pero no es el estilo que me gusta abordar. No estoy interesado en efectos especiales. Quiero hacer historias sobre gente”, afirmaba Eastwood durante el rodaje de “Unforgiven” (1992), la película que le consagró como realizador.
Un filme centrado en la violencia, en su efecto en la víctima pero también en el responsable, otro de los argumentos repetidos a lo largo de sus películas.
“Nuestra sociedad ha llegado a ser increíblemente permisiva con el comportamiento violento; nuestros padres nunca hubieran tolerado lo que nosotros toleramos. Aceptamos la violencia, al menos mientras no nos afecte”, señalaba Eastwood, que por eso quiso que en “Sin perdón” se mostrara los remordimientos del culpable de esa violencia.
“A Perfect World”, su siguiente película también trata de la violencia en un medio rural de clase media americana, de los abusos físicos y sexuales a niños. Porque si algo busca Eastwood en sus películas es mostrar la realidad que nos rodea. Y, exclama con convicción: “¡La vida no es nunca idílica, excepto en las películas de Disney!”.
Pero en su filmografía no sólo hay historias duras. También las hay románticas y hasta poéticas, como “The Bridges of Madison County”, una historia que Eastwood recuerda con especial agrado porque, finalmente, pudo trabajar sin sombrero.
Y que, pese a la prosa un tanto “florida” del libro original, cautivó a Eastwood porque no era un culebrón. “No había enfermedad incurable (…) sólo el encuentro de dos extraños, un fotógrafo trotamundos y una ama de casa frustrada. Los dos descubren que su vida no está acabada”.
Una historia “con magia y que no se parecía a nada que se hubiera hecho en cine o literatura” en palabras de un Eastwood que, entrevista a entrevista, desmonta los tópicos sobre su persona en un libro que se publicará en mayo en Latinoamérica.
“Soy un viejo republicano. Pero no soy sectario. Ha habido ocasiones en las que he votado a los Demócratas”, afirma sobre sus ideas políticas conservadoras.
En cuanto al racismo, rechaza las acusaciones que pesan sobre él en este sentido y lamenta que este problema siga existiendo. “Estamos aún luchando por la tolerancia racial en la mayoría de las sociedades del mundo (…) Creo que necesitamos alguien con la inteligencia de un Mandela para acabar con ello”.
Y habla de sus influencias cinematográficas -Sergio Leone y Don Siegel, principalmente-, de su amor por la música, por el cine clásico de Hollywood, de su defensa a ultranza de su independencia profesional y de la labor del destino en su carrera.
Un libro que demuestra que el paso de los años no es siempre sinónimo de decadencia y que es un recorrido claro y detallado por la evolución ascendente de Eastwood como director, a través de sus declaraciones y de una estupenda selección de imágenes de los rodajes, de la vida personal y de los fotogramas de sus películas.
La trayectoria de un inconformista que no está dispuesto a abandonar el cine en un momento en el que tiene el control absoluto. “Ahora hago lo que quiero hacer y de la forma que quiero hacerlo. Me ha llevado bastante tiempo llegar a este punto”.

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